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Maratón de Toral de los Vados

Una Maratón se empieza a correr mucho antes del momento de la salida. Quizás cuando por primera vez piensas en ella, quizás cuando empiezas a entrenarla. Esta maratón, sin saberlo, empecé a correrla en la San Silvestre vallecana del 2007. Era mi primera carrera después de la maratón de Donosti, y de alguna manera, el comienzo de mi preparación para MAPOMA 2008. MAPOMA 2008 no pudo ser, por las causas que ya he contado en otro sitio, y me encontré con Toral de los Vados. Por primera vez iba a correr una Maratón, en principio, solo, y para quitarme la espina y la frustración que sentí al tener que renunciar a MAPOMA. No conocía Toral, y entré en los foros para saber de qué iba esta maratón. Según leo por aquí y por allá, una maratón muy familiar (solo doscientos corredores), con muy buen trato al corredor, bonita por sus paisajes,… Todo me hizo animarme a correrla.

El sábado (21 de Junio), con Ana, mi mujer, me fui hacia Toral, donde llegamos a la hora de comer. Como era un poco tarde, comimos en el hotel. La primera sorpresa: ni pasta, ni arroz en el menú (se supone que todo el pueblo se vuelca en esto de la Maratón); bueno, lo mejor en la carta, unas croquetas y ensalada de pasta… Después de una minisiesta (ya había nervios por ir a por el dorsal), nos dirigimos al ayuntamiento. La bolsa del corredor, discreta: dorsal, medalla, botella de vino del Bierzo, bote con aguardiente y cerezas y camiseta talla mediana (solo había tallas medianas, curioso porque solo hay inscritas, creo, ocho mujeres).

Después de recoger el dorsal, hicimos algo de turismo: Villafranca del Bierzo (la pequeña Santiago, espectacular), Cacabelos,… paseo por Toral, y buscar un sitio para cenar un buen plato de pasta. Entro en un restaurante próximo al lugar de la salida y pregunto: ¿tienen pasta para cenar?, y me responden: ¡Pues claro, como todos los años! Pensé, “esto va a ser una especie de fiesta de la pasta”, después de esa rotundez… Cuando llega la hora de cenar, la única pasta que había en el menú eran unos espaguetis con carne que habían sido cocidos varias horas antes (¿cómo es posible?). Bueno, menos da una piedra, por lo menos son hidratos de carbono (eso si el pan, estaba riquísimo). Y a dormir prontito.

Al día siguiente, madrugón para desayunar (el comienzo de la carrera es a las 8 de la mañana) y a las 7.30, como un clavo en la plaza de la estación, lugar desde el que sale la carrera. Y conozco algunos corredores. Una de las mejores cosas de las carreras populares, es la posibilidad de conocer gente de todos los sitios. Allí estaban Nacho de Vitoria y Luis de Bilbao (corredores de muchas maratones, carreras de 100km,…) Con Nacho corrí casi toda la carrera. Luis se tuvo que retirar tras la media maratón. Y a Santi, todo un personaje del que luego hablaré. También algún imbécil andaba por allí (por ejemplo un corredor gallego –es todo lo que se de él- que me montó un pollo por apoyarme en su coche a estirar).

La carrera arranca con una vuelta por el pueblo, pero que obliga a subir un par de cuestecitas, ‘para calentar’. Aunque el día ya se avecinaba calentito, porque a esa hora había veintitantos grados. Desde Toral hasta Cacabelos (km 10), pica ligeramente hacia arriba, pero se hace agradable. El paisaje muy bonito, con viñas a ambos lados, carretera estrecha, y sombra. Prácticamente la única sombra que íbamos a disfrutar durante toda la carrera. A la salida de Cacabelos, empiezan las cuestas, esas que aparentemente no existen en el perfil. Cuestas prolongadas, rectas,… Hay una recta, antes de Ponferrada, de 5km. Y ni una sombra, con un sol que calienta cada vez más. Hacia el km 16, ya se empieza a sentir la proximidad de Ponferrada, y atravesar el pueblo, lleva varios km más, incluido el paso por la media maratón. En todo este trayecto el único ánimo viene de algún lugareño que nos insiste en ‘¡más despacio, no hay prisa!’ o el consabido ‘animo, que ya queda menos’ y en los peregrinos que a pie o en bici hacen el Camino de Santiago en la dirección contraria.

A Nacho, que ya había corrido el año pasado no paro de preguntarle: ¿pero la segunda mitad es cuesta abajo, no?, ¿y hay sombras, verdad?  Y me responde lacónicamente ‘ya veremos’. Nadie anima, de vez en cuando alguno de los municipales que regulan el tráfico, tienen una palabra de ánimo. Cuando vas saliendo de Ponferrada (eterno…), piensas: bueno, ahora llegan las sombras, la cuesta abajo,… Pero siguen sin aparecer las sombras y la cuesta abajo ¡donde está la cuesta abajo!!!  Nada,  todo el rato toboganes, falsos llanos. Y un sol de justicia. Desde Cacabelos,  que no hay sombra, la temperatura va subiendo hasta llegar a los 40 grados. Por lo menos el avituallamiento es impecable. Agua fresca (siempre fresca), isotónicas, jugo de coco, limones y naranjas cortados en gajos, y a partir del 30 cada 2,5 km. Y esponjas en casi todos los puestos. Desde la media maratón hasta el 30, otra larguísima recta, más sol. Nadie animando (solo Ana, mi mujer, que aparece de vez en cuando de en medio de la nada, un regalo). Una auténtica prueba ‘personal’. Ya te encuentras con muy pocos corredores. De vez en cuando alguno te pasa, o pasas a alguno. Deseas llegar a los avituallamientos para ver a alguien cómplice con la carrera, recibir algún ánimo. Cerca del 30, llegando a Villaverde de la Abadía, recordaba en el perfil que había visto en Google que había árboles, pero la sombra sigue sin aparecer. El sol cada vez es más implacable. El muro, el sol, la falta de animación, empiezas a darle vueltas a la cabeza y te preguntas: ¿cómo se me ha ocurrido hacer esto? Las piernas te duelen, estas sudando por todos los lados, hasta tengo una ampolla en cada pie. Pero ya te quedan menos de 10 km, ya ves un cartel que pone ‘Toral de los Vados’. Te planteas como meta llegar al siguiente puesto con agua. Y casi de milagro, a falta de 4 km entras en un paraje algo distinto, con árboles, pequeñas sombras. Pasas por un puente encima del Sil que te hace olvidar el sufrimiento e incluso piensas en la cámara de fotos que no llevas. A falta de tres km ya estás en Toral, y tienes que recorrer el circuito que ya conoces de la mañana, incluyendo la cuesta que te lleva al Polideportivo, donde acaba la carrera. Con más de 40 grados a la sombra.

Y llegas, y ya empiezas a olvidar, a somatizar el sufrimiento. ¡Has llegado!, ¡lo has conseguido! Ese momento vale por todo. Y después de la ducha, la comida de ‘confraternización’. De lo mejor de la carrera. Carne, pimientos y chorizos asados, vino del Bierzo, manzanas. Y la charla con los nuevos amigos, comentando la jugada. Y de viejas maratones, que si donde dan mejor de comer, que donde hay buena bolsa del corredor. Y ahí apareció de nuevo Santi. Vaya personaje. Este año lleva ya 13 maratones, pero quiere hacer 22, para poder completar 100 el año que viene que cumple 50. Un tipo espectacular.

Ya ha pasado un día, ando bien, casi sin agujetas (ni yo mismo me lo creo). Casi como que tengo ganas de volver a correr (después de mi primera maratón no corrí en un mes). Y recuerdo las palabras de Nacho ayer: “hoy, según he acabado, no le recomendaría a nadie esta maratón, pero seguro que mañana me parecerá una maravilla y se la recomendaré a todo el mundo”. Pues eso, hoy me parece una experiencia maravillosa.

Algunas fotos:

http://picasaweb.google.com/torcas59/Toral1?authkey=yNaREMiLzho

 

 

Mapoma 2008

Enhorabuena a todos, que habeis estado gigantes. Os he visto a casi todos en carrera y he hecho algunas fotos. A ver si colgais alguna crónica.

http://cid-1d85b35ea7abb87c.spaces.live.com/photos/cns!1D85B35EA7ABB87C!267/

 

Esos locos que corren

Copiado de www.atletas.info y reproducido por Garraty en carreraspopulares.com:

ESOS LOCOS QUE CORREN

Yo los conozco.
Los he visto muchas veces.
Son raros.
Algunos salen temprano a la mañana y se empeñan en ganarle al sol.
Otros se insolan al mediodía, se cansan a la tarde o intentan que no los atropelle un camión por la noche.
Están locos.
En verano corren, trotan, transpiran, se deshidratan y finalmente se cansan… sólo para disfrutar del descanso.
En invierno se tapan, se abrigan, se quejan, se enfrían, se resfrían y dejan que la lluvia les moje la cara.
Yo los he visto.
Pasan rápido por la rambla, despacio entre los árboles, serpentean caminos de tierra, trepan cuestas empedradas, trotan en la banquina de una carretera perdida, esquivan olas en la playa, cruzan puentes de madera, pisan hojas secas, suben cerros, saltan charcos, atraviesan parques, se molestan con los autos que no frenan, disparan de un perro y corren, corren y corren.
Escuchan música que acompaña el ritmo de sus piernas, escuchan a los horneros y a las gaviotas, escuchan sus latidos y su propia respiración, miran hacia delante, miran sus pies, huelen el viento que pasó por los eucaliptos, la brisa que salió de los naranjos, respiran el aire que llega de los pinos y entreparan cuando pasan frente a los jazmines.
Yo los he visto.
No están bien de la cabeza.
Usan championes con aire y zapatillas de marca, corren descalzos o gastan calzados. Traspiran camisetas, calzan gorras y miden una y otra vez su propio tiempo.
Están tratando de ganarle a alguien.
Trotan con el cuerpo flojo, pasan a la del perro blanco, pican después de la columna, buscan una canilla para refrescarse… y siguen.
Se inscriben en todas las carreras… pero no ganan ninguna.
Empiezan a correrla en la noche anterior, sueñan que trotan y a la mañana se levantan como niños en Día de Reyes.
Han preparado la ropa que descansa sobre una silla, como lo hacían en su infancia en víspera de vacaciones.
El día antes de la carrera comen pastas y no toman alcohol, pero se premian con descaro y con asado apenas termina la competencia.
Nunca pude calcularles la edad pero seguramente tienen entre 15 y 85 años.
Son hombres y mujeres.
No están bien.
Se anotan en carreras de ocho o diez kilómetros y antes de empezar saben que no podrán ganar aunque falten todos los demás.
Estrenan ansiedad en cada salida y unos minutos antes de la largada necesitan ir al baño.
Ajustan su cronómetro y tratan de ubicar a los cuatro o cinco a los que hay que ganarles.
Son sus referencias de carrera: “Cinco que corren parecido a mí”.
Ganarle a uno solo de ellos será suficiente para dormir a la noche con una sonrisa.
Disfrutan cuando pasan a otro corredor… pero lo alientan, le dicen que falta poco y le piden que no afloje.
Preguntan por el puesto de hidratación y se enojan porque no aparece.
Están locos, ellos saben que en sus casas tienen el agua que quieran, sin esperar que se la entregue un niño que levanta un vaso cuando pasan.
Se quejan del sol que los mata o de la lluvia que no los deja ver.
Están mal, ellos saben que allí cerca está la sombra de un sauce o el resguardo de un alero.
No las preparan… pero tienen todas las excusas para el momento en que llegan a la meta.
No las preparan…son parte de ellos.
El viento en contra, no corría una gota de aire, el calzado nuevo, el circuito mal medido, los que largan caminando adelante y no te dejan pasar, el cumpleaños que fuimos anoche, la llaga en el pie derecho de la costura de la media nueva, la rodilla que me volvió a traicionar, arranqué demasiado rápido, no dieron agua, al llegar iba a picar pero no quise.
Disfrutan al largar, disfrutan al correr y cuando llegan disfrutan de levantar los brazos porque dicen que lo han conseguido.
¡Qué ganaron una vez más!
No se dieron cuenta de que apenas si perdieron con un centenar o un millar de personas… pero insisten con que volvieron a ganar.
Son raros.
Se inventan una meta en cada carrera.
Se ganan a sí mismos, a los que insisten en mirarlos desde la vereda, a los que los miran por televisión y a los que ni siquiera saben que hay locos que corren.
Les tiemblan las manos cuando se pinchan la ropa al colocarse el número, simplemente por que no están bien.
Los he visto pasar.
Les duelen las piernas, se acalambran, les cuesta respirar, tienen puntadas en el costado… pero siguen.
A medida que avanzan en la carrera los músculos sufren más y más, la cara se les desfigura, la transpiración corre por sus caras, las puntadas empiezan a repetirse y dos kilómetros antes de la llegada comienzan a preguntarse que están haciendo allí.
¿Por qué no ser uno de los cuerdos que aplauden desde la vereda?
Están locos.
Yo los conozco bien.
Cuando llegan se abrazan de su mujer o de su esposo que disimulan a puro amor la transpiración en su cara y en su cuerpo.
Los esperan sus hijos y hasta algún nieto o algún abuelo les pega un grito solidario cuando atraviesan la meta.
Llevan un cartel en la frente que apaga y prende que dice “Llegué -Tarea Cumplida”.
Apenas llegan toman agua y se mojan la cabeza, se tiran en el pasto a reponerse pero se paran enseguida porque lo saludan los que llegaron antes.
Se vuelven a tirar y otra vez se paran porque van a saludar a los que llegan después que ellos.
Intentan tirar una pared con las dos manos, suben su pierna desde el tobillo, abrazan a otro loco que llega más transpirado que ellos.
Los he visto muchas veces.
Están mal de la cabeza.
Miran con cariño y sin lástima al que llega diez minutos después, respetan al último y al penúltimo porque dicen que son respetados por el primero y por el segundo.
Disfrutan de los aplausos aunque vengan cerrando la marcha ganándole solamente a la ambulancia o al tipo de la moto.
Se agrupan por equipos y viajan 200 kilómetros para correr 10.
Compran todas las fotos que les sacan y no advierten que son iguales a las de la carrera anterior.
Cuelgan sus medallas en lugares de la casa en que la visita pueda verlas y tengan que preguntar.
Están mal.
-Esta es del mes pasado- dicen tratando de usar su tono más humilde.
-Esta es la primera que gané- dicen omitiendo informar que esa se la entregaban a todos, incluyendo al que llegaba último y al inspector de tránsito.
Dos días después de la carrera ya están tempranito saltando charcos, subiendo cordones, braceando rítmicamente, saludando ciclistas, golpeando las palmas de las manos de los colegas que se cruzan.
Dicen que pocas personas por estos tiempos son capaces de estar solos -consigo mismo- una hora por día.
Dicen que los pescadores, los nadadores y algunos más.
Dicen que la gente no se banca tanto silencio.
Dicen que ellos lo disfrutan.
Dicen que proyectan y hacen balances, que se arrepienten y se congratulan, se cuestionan, preparan sus días mientras corren y conversan sin miedos con ellos mismos.
Dicen que el resto busca excusas para estar siempre acompañado.
Están mal de la cabeza.
Yo los he visto.
Algunos solo caminan… pero un día… cuando nadie los mira, se animan y trotan un poquito.
En unos meses empezarán a transformarse y quedarán tan locos como ellos.
Estiran, se miran, giran, respiran, suspiran y se tiran.
Pican, frenan y vuelven a picar.
Me parece que quieren ganarle a la muerte.
Ellos dicen que quieren ganarle a la vida.
Están completamente locos.

Marciano Durán
Marzo 2008

……………………….
Sobre el autor
Marciano Durán Rivero es uruguayo, nacido en Florida el 25 de agosto de 1956, y radicado en Punta del Este desde 1979. Periodista y autor de los libros “Crónicas marcianas y uruguayas” (2003 – 2 ediciones), “Marcianitis Crónica” (2005 – 3 ediciones), y “El Código Blanes”, que fue galardonado como “Libro de Oro 2007″, premio otorgado al libro más vendido del año. A la fecha se ha llegado a la decimoprimera edición. Autor de varias obras de teatro, letras suyas han sido musicalizadas por varios conjuntos y solistas especialmente por murgas del carnaval uruguayo.

Es además corredor amateur de carreras de calle y de aventuras.

Presentación de UC3Marathon en la UC3M

El próximo Miercoles 23 de Enero, presentaremos UC3Marathon a la comunidad universitaria. Si te interesa el atletismo popular, las carreras de fondo en carretera, el cross,… asiste al Salón de Grados del Auditorio Padre Soler a las 12 horas. Te esperamos.

Convocatoria: poster.ppt

Más fotos de San Sebastián

En el enlace (a la derecha) del Maratón de Donosti se han actualizado las fotos.


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